Público 06 Dic 2009
VÍCTOR SAMPEDRO
La Transición negó la redemocratización: retomar la II República, el Estado federal y laico que aquella quiso alumbrar. En su lugar, se anunció la democracia como el fruto natural de la dictadura. Franco habría exorcizado dos fracasos colectivos: el “caos republicano” y la “lucha fratricida”. El primero había causado la segunda, que se saldó con 40 años de cohesión, desarrollo y “democracia orgánica”. Esta falaz historia funciona aún como credo político, invocado en cuanto alguien rompe el tabú. República, federalismo y laicismo son una ponzoñosa hidra de tres cabezas, que alimenta el imaginario tradicionalista del nacionalismo español y nos devuelve a la España negra: inquisiciones y autos de fe. Todo un retroceso, tras haber representado la “modélica Transición”.
Cualquier proyecto republicano, federal y/o laico
enfrenta prácticas o intentos de exclusión injustificables en ausencia de una amenaza involucionista. Quienes entonces encarnaban esa amenaza y atacaban la Constitución, han convertido el texto constitucional en las Tablas de la Ley. Al ciudadano creyente le adjudican la misma pasividad que en el rito católico preconciliar: escuchar a quien da la espalda y, desde que redescubrieron su potencial movilizador, acudir a las procesiones en las mani-fiestas de guardar. Los ateos son estigmatizados como herejes. Tanta es su fuerza que los agnósticos veneran en público a los santos padres del Códice del 78 y al Gran Demiurgo. En suma, el juego político rezuma aires clericales. Se libra entre fieles y sacerdotes. Lo dirimen los inquisidores. Sigue leyendo
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